Por más que quiero, no me sale fingir. No puedo mirarte y sonreír como si no pasara nada, tampoco puedo hablar contigo, decirte que todo va mal, que las calles empiezan a estar coloreadas con ese estúpido tono navideño, y a mi se me viene el mundo encima, que no sé lo que me pasa y no sé si quiero saberlo, que me siento atada de pies y manos, agobiada, como obligada a sonreír, obligada a ser feliz, como si me impusieran una felicidad idilica, pero que no está hecha para mi, como si no encajara en el mundo...
Y poco a poco, empiezas a pensar, y a darle vueltas una y otra vez a las mismas cosas, empiezas a ver detalles que antes no creías ni que estuvieran ahí, empiezas a ver como el tren sigue su camino, como la gente sigue con sus vidas mientras tú estás sentada, esperando a que se te pase lo que quiera que sea esto, un ataque de pánico quizá, por no reconocer los sentimientos que saltan en mi cabeza de un lado a otro.
Empiezas a ver como las personas que creias a tu lado se van distanciando de ti, sin que nadie ni nada vaya a remediarlo.
Empiezas a querer soltarte de las cuerdas, salir de los límites y forzar todo lo que te ata a lo que es tu vida como la ves ahora, quieres romper con la rutina, perder el miedo, y abandonar todo aquello que te pueda agobiar, perderlo todo, por el simple motivo a tener miedo a afrontar las cosas... Tal vez sea así como tiene que ser, que sea el momento de dejarlo todo y replantearse lo que quieres, de vivir a tu manera, tal vez si lo único que me puede volver a dejarme esa sonrisa de tonta sean los recuerdos, tal vez sea lo mejor. Un amor no puede vivir de un recuerdo. Tú, no puedes vivir de un recuerdo.

Es como una montaña rusa, cuando estoy contigo, me siento en la cima, y que nada va a poder bajarme de allí, que todo es perfecto y no tengo motivos para preocuparme, en cambio, en cualquier momento, baja de golpe y todo son dudas y preocupaciones...

















